EL ROSTRO
Entonces, en aquel momento, abrió los ojos. Todavía estaba allí, justo en esa esquina derecha que marcaba un ángulo cúbico entre las dos paredes y el techo.
¿Quién era? Por más que se esforzaba no conseguía reconocer el rostro que la miraba. Mirada fija, aparentemente inexpresiva, ojos avellanados, pelo corto oscuro al estilo del tiempo pero muy peculiar el corte. Desenfadado, personal se diría. Parecía que el cuello surgiera de una camisa abotonada, pero desabrochados los dos últimos ojales. ¿Color de la tela? Gris. A veces todos los colores asemejan ser gris.
La daba miedo ese rostro. ¿Por qué? Según la temporada lo veía cada día, mejor dicho, cada noche. Allí, en la esquina, en la misma esquina, la que quedaba más cerca de la puerta, la de su dormitorio, que nunca se cerraba.
¿Qué hacía allí? Un rostro impertérrito siempre con la misma expresión. No, no; siempre con la misma expresión, no. Alguna vez lo había sorprendido con una sonrisa mesurada, algo burlona. ¿Se reía de ella? ¿Sabía que le daba miedo? ¿Sabía que le temía? ¿Lo hacía adrede?
Se hacía tantas preguntas la criatura. Demasiadas, muchas. Se preguntaba `por qué venía a aquella casa si no era la suya, por qué solo mostraba el rostro, por qué se aparecía casi cada noche si no era su casa, si nunca vivió allí.
Sus conocimientos sobre la familia no llegaban a más. Y ahí aparecían las dudas: Y si era el abuelo - se decía - ; o el bisabuelo, o un tío lejano de quien nunca se habló. ¿Era esa la habitación que ocupaba, en la que ahora ella tenía el lecho?
Una noche, alguien levantó la ropa de cama, un poco, solo un poco, justo para deslizar la mano bajo la sábana. El roce de la mano con sus muslos erizó el vello, todavía pobre y suave, de la criatura. Aterida, se dio la vuelta, cambió de posición para alejarse. Entonces el brazo entero la sujetaba y seguía acariciándole el muslo más cercano al filo del somier. Estaba bajo la cama. Sentía cerca el aliento. Respiraba tan fuerte que se oía el silbido del aire entrar y salir de los pulmones.
Quería convencerse que todo era una mera imaginación. El propio desconcierto la llevó al amodorramiento; por suerte se durmió.
Todas y cada una de las noches temía que se repitiera. Intentaba no mirar hacia el ángulo; no quería verlo. A veces conseguía hacerlo, cerrar los ojos y estar solo atenta al tacto, al movimiento de la ropa de cama.
En otras ocasiones no podía contenerse y la vista se le iba hacia el ángulo. Y allí estaba. Creía que si cerraba un momento los ojos el rostro desaparecería. A veces ocurría y cuando los volvía a abrir ya no estaba; otras el rostro seguía allí y sin sonido alguno se reía y la miraba con más insistencia y desafío. Le parecía oír su voz: Criatura, conmigo no puedes, no lo ves. Y soltaba una carcajada.
Estos desvaríos se olvidaron. La criatura creció.
Una noche fueron a cenar a casa de una pareja con quien tenían relación de confianza y compartían buenos momentos.
Mientras disponían la mesa sus amigos, ellos, la criatura hecha mujer y su compañero, se sentaron a la mesa. Justo en el ángulo derecho que formaban las dos paredes y el techo de la estancia, en ese ángulo cúbico, allí estaba el rostro de antaño. Primero impertérrito, luego sonriente, con sorna.
Apartó la mirada. Qué mala jugada pensó. La luz, es la luz escasa de esta sala.
Empezaron a cenar. Y se le iba la vista hacia el ángulo. Y allí, allí estaba. Con cautela le preguntó a su compañero: ¿Ves algo allí? ¿Allí?- dijo él- ¿Donde? En el ángulo del techo. ¿Qué tengo que ver? - respondió él. Un rostro, un hombre que me mira.
No hay nada, no veo más que el techo y el ángulo vacío. Sí hombre, allí, ¿no lo ves?
Allí estuvo durante toda la cena. Ella procuró no dirigir la vista al ángulo. Se fueron pronto.
No cabe decir que nunca más quiso volver a cenar a aquella casa.
Y tampoco si lo volvió a ver en alguna otra ocasión en algún otro lugar.
Anna Babra

Hay rostros que nos miran, nos escrutan, nos hablan, nos sugieren, nos recuerdan, habitan nuestra casa o nos echan de ella, o simplemente acechan nuestro silencio con su silencio. A veces se apuntan a nuestros desplazamientos; van con nosotros, se levantan y se acuestan, nos rozan, besan nuestra piel u observan cómo nosotros ejecutamos los rituales del placer. Esos rostros pueden ser de otros series anteriores o simplemente de seres imaginarios. Pero están tan huérfanos que nos necesitan para sentir como siente nuestro propio rostro.
ResponEliminaVamos acompañados de rostros sin elección alguna. Huérfanos, dices.
Elimina¿Como nosotros? Me intrigas.
Salud, Fackel
Anna Babra
Hay fijaciones que llegan en la infancia y no se retiran nunca jamás.
ResponEliminaUn abrazo.
Las imágenes grabadas en la infancia permanecen. Y a veces reaparecen.
EliminaSaluyd, Francisco
En ocasiones los ángulos distorsionan...
ResponEliminaUn abrazo
Maravilloso genial tu texto
ResponEliminaAgradezco tu comentario y tu visita.
EliminaSalud,
Anna Babra
Hay rostros que nos siguen, que nos espían, que nos ayuden tal vez... Desde donde? Desde que misteriosa dimensión?...
ResponEliminaTodo es posible en este mundo nuestro lleno de misterios. Lo mas difícil, que muy pocos lo saben descubrir y decir como tú, dama inquietante y sabia.
Grandísimo abrazo, Anna.
Soco, quizá los ángulos cúbicos esconden esa misteriosa dimensión de la que hablas.
ResponEliminaInquietante. Eso pretendí. Sin respuestas.
Soco, un abracísimo.
Anna Babra